Integrado por un grupo de jóvenes físicos e ingenieros, el Observatorio Crítico de la Energía (OCE) se forjó a principios de 2007 con el objetivo de emprender una actividad pública orientada a la “regeneración del sistema democrático”. Según explican en su portal, “los principios fundamentales sobre los que se organiza dicha actividad tienen su origen en una crítica a la insostenibilidad ecológica y económica de nuestra sociedad y a la degradación de la cultura democrática”. El OCE se define, así, como “un foro de discusión y análisis en el que se intenta generar un discurso riguroso e informado para abordar estas cuestiones desde una postura que combine la solvencia del método científico con la conciencia política y social”. Marta Victoria, integrante del OCE y autora de este artículo, reflexiona aquí sobre las campañas político-mediáticas de desprestigio que ha sufrido la fotovoltaica en el último quinquenio y sobre el miedo que la revolución solar está desatando en Unesa, la gran patronal eléctrica española.

¿Por qué da tanto miedo la energía solar fotovoltaica?
La fotovoltaica (FV) da mucho miedo a las grandes empresas eléctricas españolas. Afirmo que les da miedo porque contra ella se han desarrollado algunas de las campañas de desprestigio más elaboradas y persistentes que se recuerdan: ¿quién no ha oído que es una fuente de generación muy cara? ¿Quién no ha escuchado alguna vez que se necesita más energía para fabricar un panel fotovoltaico que la que luego es capaz de generar ese panel a lo largo de su vida útil? ¿O que las centrales fotovoltaicas en España se enriquecieron generando fraudulentamente durante la noche? Por cierto, las tres afirmaciones previas son rotundamente falsas, la demostración de la primera se encuentra unos párrafos más abajo, la segunda y la tercera quedan rebatidas aquí y aquí.

Sobre el autoconsumo
También es una prueba del miedo que produce la fotovoltaica la reciente legislación de autoconsumo, o, mejor dicho, de no-autoconsumo, legislación en la que la influencia de Unesa a la hora de fijar la política energética ha sido más que evidente. La normativa vigente impone el pago de unos peajes excesivos a todo aquel que quiera conectar su sistema fotovoltaico doméstico a la red. Excesivos, porque no gravan solo la energía intercambiada con la red, que funciona a modo de batería, sino que además gravan aquella energía que el sistema instalado produzca y el usuario consuma en ese mismo instante, sin pasar por la red eléctrica. El Ejecutivo impone además medidas retroactivas, como la obligatoriedad de hacerse visible para Red Eléctrica de España, teniendo que instalar para ello un contador con telemedida, y establece multas de hasta varios millones de euros para aquellos que infrinjan la norma. En definitiva, al contrario de lo que está sucediendo en la mayoría de países tanto en Europa como en el resto del mundo, en España se ha publicado una legislación que va, literalmente, a impedir el desarrollo de las instalaciones fotovoltaicas domésticas.

Dos hipótesis plausibles que justifican el miedo a esta fuente de generación eléctrica
La primera hipótesis es sencilla: la fotovoltaica funciona. Por mucha demagogia que se haga sobre el tema, los datos avalan el funcionamiento a un coste razonable de esta fuente de energía junto con considerables ventajas ambientales asociadas. En 2012, ya había instalados en el mundo más de cien gigavatios (100 GW). El precio del panel solar ha descendido vertiginosamente durante la última década hasta situarse muy por debajo de un euro el vatio pico. Precio de referencia para el que la generación doméstica fotovoltaica empieza a ser más barata que la electricidad comprada a la red en muchos países de Europa.

El asunto del coste merece alguna puntualización
Son muchos los expertos y analistas que asocian el bajo precio de los paneles fotovoltaicos en la actualidad a la entrada en el mercado de las compañías chinas. Sus reducidos costes de fabricación, unidos a la capacidad de endeudamiento que les ofrecían sus bancos o el propio gobierno, han conseguido echar del mercado a la mayoría de fabricantes europeos o estadounidenses. Si bien esto es cierto, la pregunta que debemos hacernos es si este fenómeno, la deslocalización de la producción a países con mano de obra más barata y menor control, ha ocurrido exclusivamente en los paneles fotovoltaicos o si, por el contrario, es representativo del sistema económico capitalista y global que impera actualmente.

La película completa
Quiero decir: ¿no ha hundido la fabricación de juguetes chinos a las empresas jugueteras españolas? ¿No es el precio al que se cosen todo tipo de prendas de ropa y calzado tan bajo que resulta imposible competir en coste si se fabrican en España? En opinión de la autora, si nos quedamos con los grandes rasgos, lo único que diferencia el caso fotovoltaico del resto es que todo el proceso -que incluye la investigación y desarrollo del producto en Europa, su traspaso a las industrias europeas, la posterior transferencia a las industrias chinas y, consecuentemente, la quiebra de las europeas- ha sido tan rápido en el caso fotovoltaico que en apenas 10 años se ha completado permitiéndonos observar la “película completa“ en muy poco tiempo.

De injusticia e hipocresía
Por supuesto, a muchas personas nos parece inaceptable esta situación. Queremos que las empresas tecnológicas y los puestos de trabajo asociados a ellas se mantengan en Europa. Queremos que los paneles fotovoltaicos que producen nuestra electricidad (así como nuestra ropa y nuestros ordenadores) sean fabricados en condiciones de trabajo dignas y que respeten el medio ambiente. Pero resulta hipócrita denunciar la terrible injusticia que supone la deslocalización de la producción fotovoltaica a China e ignorar que lo mismo está ocurriendo para el resto de nuestros productos de consumo. Como es posible que, por lo menos durante los próximos años, muchos de los paneles que se instalen en nuestro país hayan sido fabricados en China, creo que también es necesario que nos planteemos si esta importación nos parece mejor o peor que importar combustibles fósiles. Por ejemplo, más del 35% del gas natural que consumimos en España proviene de Argelia.

La FV, cada vez más y más competitiva
Una vez hechas estas salvedades, recuperemos la premisa inicial: los paneles fotovoltaicos son tan baratos hoy que resultan ya totalmente competitivos para generar energía en nuestras casas a un precio que merezca la pena. Y, puesto que el precio de los paneles no va a aumentar (si acaso permanecerá a un valor constante unos años antes de seguir disminuyendo) y puesto que el resto de fuentes energéticas utilizan recursos cada vez más escasos (gas, carbón, uranio) que sí van a aumentar su coste en un futuro, la energía solar fotovoltaica es ya competitiva y lo va a ser cada vez más. Si en 2012, el 2,9% de la generación eléctrica en España fue fotovoltaica, antes o después este porcentaje llegará a los dobles dígitos, siento su techo difícil de pronosticar. Sin embargo, ¿es esto suficiente para explicar el miedo de las empresas eléctricas a la fotovoltaica?

Segunda hipótesis: al funcionar, la fotovoltaica, permite el cambio social
La característica de la fotovoltaica que asusta a las grandes eléctricas no es su bajo coste sino su modularidad. El hecho de que los consumidores puedan comprar varios paneles y montar una instalación en su tejado que genere tanta electricidad como consumen cambia las reglas del juego. Permite algo tan sencillo, y a la vez tan poderoso, como romper un oligopolio. Y esto les da miedo. Porque, si se aprueba un Real Decreto de autoconsumo razonable y comenzamos a producir electricidad, esta tendrá un precio que compite directamente con el que nos ofrecen las comercializadoras, que está influido por el resultado del mercado mayorista y, en definitiva, por el control que ejercen sobre todo el sistema las grandes empresas eléctricas.

La eólica ha ido perdiendo su potencial de cambio social
Porque, si se instalan centrales fotovoltaicas propiedad de nuevos actores no pertenecientes a Unesa, por ejemplo, consumidores organizados en comunidades de propietarios o cooperativas energéticas, la situación también cambia. A la hora de vender en el mercado mayorista, las centrales fotovoltaicas compiten en coste prácticamente ya con las nucleares y, en unos años, lo harán con el gas. En definitiva, es esta inclusión de nuevos actores lo que realmente preocupa a las grandes eléctricas. Como muestra, se puede citar cómo estas empresas aceptan hoy la energía eólica, que en su día también tuvo costes elevados y problemas técnicos (como la fotovoltaica), pero que, a medida que se ha ido perfeccionando, ha rebajado su coste, sí, pero también ha aumentando el tamaño de los aerogeneradores y de la inversión necesaria y, por ende, ha disminuido su potencial de cambio social.

La ruina fotovoltaica
Los reiterados cambios legislativos retroactivos han obligado a algunas plantas fotovoltaicas, que innovaron e instalaron sus paneles FV a un precio mucho más elevado que los valores citados previamente, a declararse en quiebra. Hace unos meses, leíamos cómo estudiaba el gobierno la posibilidad de que estas plantas en quiebra acabaran en el Sareb, el banco malo creado para absorber los activos inmobiliarios tóxicos. No sería descabellado pensar que, en un futuro próximo, tengamos que contemplar impotentes cómo las mismas compañías eléctricas que han presionado para hundir a las huertas solares las adquieren a precio de saldo y las utilizan para generar energía. Probablemente los beneficios de la fotovoltaica se ensalcen entonces con tanta fuerza como se remarcan ahora sus desventajas.

La cuestión es…
En definitiva, las grandes eléctricas españolas no tienen miedo de la fotovoltaica como tecnología. Tienen miedo a que el cambio que esta puede producir les quite los injustos beneficios que llevan percibiendo desde hace décadas. Por eso, es necesario tener bien claro qué nos estamos jugando como sociedad en estos momentos. La cuestión no es si dentro de unos años un porcentaje considerable de la electricidad en España será generado mediante fotovoltaica. Esto es seguro que va a ocurrir. La cuestión es si las instalaciones FV serán distribuidas y propiedad de los consumidores o si, por el contrario, serán exclusivamente propiedad de las grandes empresas –que se las habrán robado literalmente a las pequeñas empresas y particulares que realizaron todo el trabajo de innovación y se arriesgaron cuando esta tecnología era todavía incipiente- y el esquema del mercado eléctrico permanecerá como el actual. Es decir, la cuestión es si somos capaces de aprovechar la revolución tecnológica que supone la fotovoltaica para generar la revolución social que suponga una democratización de la energía y el final del oligopolio energético. En eso estamos.

Fonte:http://www.energias-renovables.com/

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